El “quién es quién” tiene precio | Artículo

En términos democráticos, el precio que nuestro país tendrá que pagar por el “Quién es quién” resulta demasiado alto, sostiene Antonio Salgado Borge.

Antonio Salgado Borge| AN|3 de julio 2021 8:26 am |Foto Cuartoscuro| Antonio Salgado Borge. Tiene razón AMLO cuando afirma que su gobierno es embestido cotidianamente por muchos medios y periodistas que antes estuvieron plegados al poder de la presidencia. También es cierto que parte de las críticas parecen sincronizadas, y que este fenómeno ha contribuido a que la imagen de la Cuarta Transformación en algunos sectores esté cada vez más abollada.

Pero el Presidente se ha equivocado rotundamente al plantear que el “Quién es quién en las mentiras de la semana”, la nueva sección de las mañaneras inaugurada el miércoles pasado, es una estrategia presentable para hacer frente a este problema.

El “quién es quién” viene con etiqueta de precio, y ese precio es demasiado alto. Para ver por qué, empecemos distinguiendo que este ejercicio puede ser evaluado desde dos perspectivas complementarias: un enfoque práctico y uno de principios.

Salvo en los sectores más acríticos de la Cuarta Transformación, existe un amplio consenso de que el primer capítulo de la nueva sección de la “mañanera” tuvo serias deficiencias en la práctica.

Su presentación se caracterizó por la abundancia de calificativos y escasez de claridad. La inclusión de una nota de Forbes sobre el espionaje del gobierno de Peña Nieto entre las evidencias del concierto mediático fue una especie de colmo, pues terminó exhibiendo la falta de cuidado o de seriedad que se puso a la constitución de este ejercicio. De poco sirve alegar que un periodista haya hecho alusión a éste en un texto reciente.

Errores prácticos como los mencionados arriba son, desde luego, corregibles. Justamente a esta posibilidad han apelado quienes esperaban más del “Quién es quién en las mentiras de la semana” y que han admitido su decepción ante la calidad de su primera versión.

Para estas personas este ejercicio tiene el potencial para ser una excelente herramienta para combatir la desinformación dirigida en contra del Presidente. En consecuencia, lo que queda es tener paciencia con la nueva sección de las mañaneras y esperar a que gradualmente vaya perfeccionándose con el tiempo.

No es mi intención discutir aquí las formas en que el “Quién es quién en las mentiras de la semana” puede ser mejorada en la práctica. Y no lo es porque, incluso si se da la razón al Presidente de que existe un concierto de desinformación en su contra y si llegase a materializarse su mejor versión en un futuro, este ejercicio es indefendible en principio.

Presidencia
La principal falla del “Quién es quién” en el papel es epistémica. No sólo es imposible que de este ejercicio se derive algún tipo de conocimiento, sino que contribuye a la desinformación, termina dañando al periodismo y, por ende, a la calidad de la democracia en México.

En su más reciente libro, The Constitution of Knowledge (La Constitución del Conocimiento) el periodista Jonathan Rauch plantea que para que nuestras declaraciones estén basadas en la realidad, dos “reglas” básicas deben ser seguidas y cuidadas en toda conversación.

1) La primera es aceptar que nadie tiene la última palabra. Una declaración como “la luna es redonda” contaría como conocimiento única y exclusivamente si en principio pudiera ser refutable y si resistiera los intentos de ser refutada. En consecuencia, nadie puede afirmar que lo que piensa o dice es la última palabra en un debate.

Esta regla claramente es violada por el “Quién es quién en las mentiras de la semana”. Y es que, aunque no se diga explícitamente, por su naturaleza este ejercicio implica que la palabra del Presidente es la que zanjará la discusión sobre aquello que constituye una noticia falsa, un buen periodista o un intento de linchamiento mediático.

Por ejemplo, una vez que se ha establecido en esta sección que “X” es un mal periodista, todos los que piensen lo contrario estarán equivocados o serán tan malos como “X” -incluso podrían ser considerados sus “cómplices”.

Además, ¿cómo puede ser probado directamente en principio por un presidente que del hecho de que “X” sea un mal periodista se sigue que lo que “X” dice es falso? Incluso las personas con peores intenciones, patrocinadores o métodos pueden en ocasiones decir cosas que cuenten como conocimiento.

2) La segunda es que la autoridad de una persona como fuente no se deriva de quién es esa persona. Algo cuenta como conocimiento sólo si el método empleado para alcanzarlo ofrece los mismos resultados sin importar quién es su fuente o la persona que intenta verificarlo. Por ende, lo que importa es la estructura y no el hecho de que un individuo sea de nuestro agrado o que simpaticemos con su causa.

El “Quién es quién en las mentiras de la semana” no puede cumplir con esta “regla”. En este sentido, es problemático en principio que no sea clara cuál es la estructura empleada para llegar a las conclusiones presentadas. Pero más problemático aún es que la metodología del nuevo ejercicio no resulte replicable.

Para ilustrar, supongamos que el sucesor del Presidente es una persona de un partido de derecha. Ahora imaginemos que esta persona decide continuar con las mañaneras y con la sección “Quién es quién”, y que lo hace siguiendo la misma estructura. ¿Aceptarían los seguidores más fieles de la Cuarta Transformación la validez de un ejercicio semejante? Me parece que no.

La nueva sección de las mañaneras no puede ofrecer conocimiento porque no cumple con las dos “reglas” descritas arriba. Por ende, en términos epistémicos, lo que se desprende de este ejercicio es desinformación.

Pero sería un error suponer que, en el mar de desinformación que caracteriza a nuestros tempos, el “Quién es quién” es inocuo o trivial. Dada su metodología, es fácil anticipar que este ejercicio terminará poniendo en la misma canasta a toda la prensa crítica al Presidente, contaminando la confianza del público en el periodismo en general, y no sólo en aquellos medios impresentables. No recuerdo alguna ocasión en que AMLO haya respondido a un reportaje crítico sin de alguna forma descalificar al medio que lo presenta -por otra parte, los medios que le apoyan incondicionalmente suelen ser considerados automáticamente “buenos periodistas”-.

Confrontados con este escenario, quienes defienden el “Quién es quién” podrían alegar que el presidente necesita defenderse de la cargada mediática y que esta sección de las mañaneras es preferible a la censura directa ejercida por gobiernos pasados.

Pero este tipo de respuesta implica un falso dilema. En realidad, censura directa y desinformación no son las dos únicas opciones sobre la mesa.

El Presidente tiene todo el derecho de responder a las críticas hechas por medios durante sus conferencias de prensa. Y más cuando algunas de estas críticas son infundadas o fabricadas. Pero tendría que hacerlo siguiendo las dos reglas básicas de la ciencia.

Esto significa que tendría que eliminar la nueva sección y asumir que no tiene la última palabra. También tendría que plantear explicaciones mejor sustentadas y articuladas contra sus críticos; es decir, en lugar de apelar a su autoridad política o moral, abrir el proceso de razonamiento que le ha llevado a sus conclusiones con el fin de persuadir al público.

Por el momento, por motivos que desconozco, esta opción ha estado fuera del tablero de la Cuarta Transformación. Ni siquiera se ha intentado algo semejante. La estrategia del actual gobierno parece depender de la idea de que la desinformación organizada por poderes fácticos sólo se combate con mejor desinformación organizada desde un gobierno democráticamente elegido.

El “Quién es quién en las mentiras de la semana” es sólo la más reciente degradación de esta estrategia. En el proceso de defenderse de sus enemigos, el actual gobierno ha optado por sacrificar al conocimiento y al buen periodismo que existe en México.

Está por verse si, en términos políticos, los beneficios de esta respuesta superan a sus costos. Lo cierto es que, en términos democráticos, el precio que nuestro país tendrá que pagar por el “Quién es quién” resulta demasiado alto.

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