Territorios olvidados, enfermedades invisibles

Las crisis ambientales y sanitarias golpean con más fuerza a las poblaciones que de forma histórica han sido marginadas.

Emma Landeros Martínez| Fotos: Alejandro Juárez y cortesía | UAM/ 343 | May 22, 2026. El hantavirus es un microorganismo infeccioso asociado a roedores, su historia suele comenzar lejos de las ciudades, en campos abandonados, bosques alterados o comunidades agrarias donde el paisaje cambia en silencio. El verdadero problema no siempre está en los agentes patógenos, sino en las condiciones sociales y económicas que permiten que el riesgo habite todos los días dentro de una vivienda.

En las regiones agrarias, convivir con ratones no es una excepción, sino parte de la rutina. Barrer un granero, almacenar maíz o dormir cerca de sembradíos son actividades atravesadas por una amenaza que pocas veces se nombra. Mientras el clima cambia, las poblaciones quedan más expuestas y, al mismo tiempo, más invisibles para el sistema sanitario y para las políticas públicas.

Hablar de hantavirus también es exponer la desigualdad territorial, clínicas sin pruebas suficientes, diagnósticos tardíos y colectividad que suele aparecer en la conversación pública solo cuando ocurre una tragedia.

En entrevista, el doctor Heliot Zarza Villanueva, profesor, investigador y responsable de la Jefatura del Departamento de Ciencias Ambientales en la Unidad Lerma de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), advierte que los virus no reconocen límites políticos ni aduanas. Su presencia depende de ecosistemas, movilidad de especies y factores ecológicos, no de divisiones geográficas creadas por las personas.

“Estoy en contra de la afirmación que dice que el hantavirus no existe en México. Resulta absurdo pensar que, si hay casos y reservorios en Estados Unidos, este se detenga en la frontera y no llegue a este país”, comenta el especialista.

Si existen las circunstancias climáticas y los ecosistemas propicios, es muy probable, añade, que en México también haya diversos padecimientos zoonóticos.

“Las zonas periurbanas son espacios de primer contacto, donde la gente convive cada vez más con la diversidad biológica silvestre y, en este caso, con animales que pueden actuar como depósitos de enfermedades”.

En tanto, el doctor Ignacio López Moreno, profesor investigador del Departamento de Procesos Sociales de la UAM, Unidad Lerma, señala en entrevista que el hantavirus “no es un problema de roedores sucios, es un marcador de salud pública que muestra una geografía y una socioeconomía diferenciada donde la vida y la muerte no cohabita de la misma forma, ni se tiene acceso al mismo desarrollo ni se puede obtener los mismos derechos en una zona rural que en una zona urbana”.

Ello, manifiesta el académico López Moreno, habla de una profunda brecha territorial que no solo es monetaria, también ecológica, sanitaria e incluso política. “Superar esta situación no implicaría solo atender cuestiones clínicas, sino revertir el despojo histórico de recursos públicos de las comunidades agrarias mexicanas y devolverle la importancia que tuvo y que sigue teniendo, aunque hoy en día se le niegue”

Entonces, cuando ciertas poblaciones conviven de manera permanente con amenazas para la sanidad pública, consideradas por el capitalismo, el mercado y el propio Estado como espacios de sacrificio, es decir, regiones que no importan, muchas veces lo que queda es crear formas de adaptación que funcionan como estrategias de supervivencia desde la psicología social.

Reconocer el abandono acumulado por décadas de ciertos sectores del campo implica asumir un costo político, concluye el profesor López Moreno. “Durante décadas, distintos gobiernos han sobredimensionado algunos rubros mientras relegan otros esenciales, sosteniendo además la peligrosa idea de que existe una ´enfermedad del pobre´. Así, la inequidad no solo se normaliza, sino que se convierte en estigma, mientras la disponibilidad de servicios médicos sigue siendo desigual”.

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