Durante décadas se ha repetido como un mantra que Estados Unidos está condenado al declive estructural. Desde los años 70 hasta hoy, expertos de distintas escuelas vienen sosteniendo que el poder norteamericano se erosiona de forma irreversible. Sin embargo, la realidad no es tan lineal ni definitiva. El futuro mundial, nunca escrito, está abierto y en construcción, pero los senderos evolutivos que se perfilan como probables son limitados y poco tranquilizadores.
Esteban Torres y Juan Carlos Monedero | Foto: X Zhu Jingyang| Rosario/Madrid, 11 de abril 2026 – 12:05 am | (SinEmbargo).– En una fecha tan temprana como la década de 1970, se instaló en el debate internacional la premisa del declive lineal, estructural e irreversible de Estados Unidos (EU). Para demostrarla se ponía el foco en la realidad económica del país y su relación con el desarrollo y uso desmedido del aparato militar como instrumento que debilitaba su legitimidad global. En aquel entonces, el gasto militar estadounidense representaba más del 30 por ciento del total global en armamento (una cifra similar al actual 37 por ciento). El PIB nominal creció de 1.1 billones de dólares en 1970 a 2.8 billones de dólares en 1980, mientras la deuda federal pasaba de 371 mil millones a 909 mil millones de dólares. Wallerstein y Arrighi, así como algunos analistas internacionales, señalaron los riesgos de la sobreextensión norteamericana y los costos económicos, políticos y simbólicos del uso recurrente de la fuerza en el mundo, sin descartar la posibilidad de que el declive estructural pudiera ser irreversible.
Junto a ello, en las décadas del 70 y del 80, pese a que la URSS ya mostraba síntomas de debilidad en la puja internacional, hubo quienes declararon que la dominación global de Estados Unidos estaba llegando a su fin de la mano del Imperio Rojo. En la campaña electoral que lo llevo a la presidencia, en 1980, Ronald Reagen recogió esta inquietud supremacista al indicar que “es hora de que nos demos cuenta de que somos una nación demasiado grande como para limitarnos a sueños pequeños”. La espectacular implosión del bloque soviético en 1991 al parecer no alcanzó para invalidar la tesis del declive lineal e irreversible de Estados Unidos. Simplemente la desplazó hacia los márgenes, a la espera de novedades. Cuando la Guerra Fría terminó, y tras el paréntesis eufórico del “fin de la historia”, la tesis se actualiza para demostrar cómo el crecimiento del déficit fiscal, la deuda externa y las guerras periféricas descomponían de forma creciente la dominación estadounidense, incluso en ausencia de un competidor directo. Una pléyade de autores marxistas se encargó de postular una nueva crisis terminal del capitalismo, arrastrando con ella al imperialismo norteamericano, sin saber muy bien qué venía primero, si la mecánica endógena del sistema —engendrada en el siglo XIX— o la actuación contemporánea del Imperio. La imposibilidad de doblegar a Cuba también se convirtió en una razón suficiente para postular el ocaso norteamericano. Otros autores más realistas sostenían que si bien Estados Unidos podía mantenerse por un tiempo como potencia hegemónica, el ascenso económico de otras regiones resultaba inexorable y con ello se confirmaba la tendencia a la disminución irremediable del poder global estadounidense.
Ahora bien, lo que resulta más constatable tras la caída de la URSS en 1991, es que Estados Unidos emerge como la única superpotencia global, consolidando su dominio militar mediante bases en decenas de países y operaciones en Irak, Afganistán y los Balcanes, iniciando una expansión hacia el Este que solo se detuvo con la invasión rusa de Ucrania. Paralelamente, EU fortaleció su poder económico al controlar el sistema financiero internacional (la red SWIFT, aunque tenga sede europea está controlado por EU) y promover la apertura de mercados a través de instituciones como el FMI, el Banco Mundial, la OMC, el CIADI y la Agencia de Pagos de Basilea. Su influencia política se expandió mediante la conducción de la OTAN, la promoción de tratados internacionales y la definición de agendas multilaterales. Al mismo tiempo, difundió su modelo liberal-democrático y su cultura global, monopolizando la industria de la comunicación y del entretenimiento. Este momento de poderío imperial, que integraba a Europa como bloque subordinado, se lo suele denominar “mundo basado en reglas”, obviando que se trataba antes que nada de reglas norteamericanas.
Esta combinación de fuerza militar, control económico, poder diplomático y proyección cultural evidenció un poder estadounidense sin rivales aparentes. La expansión hacia Europa del Este y Asia Central ilustró cómo aquel aprovechó el vacío dejado por la URSS. Al parecer, todos estos elementos, que consolidan la hegemonía global de Estados Unidos en la posguerra fría, no fueron suficientes para borrar del mapa la creencia en la tesis del declive irreversible del gigante norteamericano.
Desde finales del siglo XX hasta hoy, el ascenso de China se convirtió en el hecho social planetario que permitió relanzar la misma tesis, haciendo tabula rasa con la copiosa evidencia empírica que ya cuestionaba la inevitabilidad de la pérdida creciente de poder de Estados Unidos en décadas previas.
El ascenso de China: la revitalización de la tesis
El acelerado ascenso económico y tecnológico de China ha servido como proceso paradigmático para relanzar la histórica narrativa del declive lineal e irreversible de Estados Unidos. Argumentos no faltan para alimentar este supuesto. Desde principios del siglo XXI, China inició un despegue impactante. En 2000, su PIB nominal era de 1.2 billones de dólares, creciendo a 18 billones de dólares en 2025 y proyectándose a 19 billones de dólares en 2026, con tasas anuales sostenidas del 6 al 9.5 por ciento. El PIB per cápita pasó de mil dólares en 2000 a más de 12 mil 500 en 2025. En la arena del comercio internacional, la participación de China se elevó del 3 por ciento en 2000 al 14 por ciento en 2025, consolidándose como el principal exportador mundial de manufacturas y tecnología avanzada. Sus reservas internacionales crecieron de 200 mil millones de dólares en 2000 a más de 3.4 billones en 2025. En innovación tecnológica, la participación de China en patentes internacionales pasó de menos del 5 por ciento en 2000 a más del 20 por ciento en 2025, con liderazgo destacado en inteligencia artificial, electromovilidad, telecomunicaciones y energías renovables. La inversión en I+D aumentó progresivamente, representando el 3.5 por ciento del PIB en 2025, con proyecciones estables hacia 2026. China también viene consolidando su dominio en la investigación científica de tecnologías críticas. En 2025, lideraba 66 de las 74 áreas tecnológicas analizadas (el 89.2 por ciento), mientras que una década atrás la situación era inversa a favor de Estados Unidos. Estos indicadores, entre otros, revitalizaron la tesis del declive irreversible norteamericano.
Sin embargo, no hay que perder de vista que Estados Unidos continúa manteniendo el liderazgo económico global. Su PIB nominal pasó de 10.3 billones de dólares en 2000 a cerca de 29 billones en 2025, proyectándose a 30–31 billones en 2026, con tasas de crecimiento moderadas pero sostenidas. El PIB per cápita se elevó a más de 65 mil dólares en 2025, consolidando un nivel de vida muy superior al promedio mundial. En el comercio internacional, su participación se mantuvo alrededor del 12–14 por ciento del total global, siendo líder en servicios y tecnología avanzada, mientras que sus reservas internacionales rondan los 1.5 billones de dólares. En el ámbito de la innovación tecnológica, Estados Unidos continúa siendo uno de los principales generadores de patentes internacionales y mantiene un gasto en I+D cercano al 3.5 por ciento del PIB, con especial fortaleza en inteligencia artificial, biotecnología y energías limpias. Su influencia global combina volumen económico, capacidad tecnológica y poder financiero en los mercados internacionales, consolidando su posición como superpotencia histórica frente al rápido ascenso de China. Aquí nos referimos a la magnitud de los bloques de poder nacionales y no a los problemas internos que éstos reproducen.
Ahora bien, a nuestro entender, los factores decisivos de la ventaja actual de Estados Unidos frente a China no residen en los campos de la economía y de las finanzas, ni en la innovación tecnológica destinada a la industria civil, sino en los terrenos de la tecnología militar (con la IA empotrada en la industria bélica) y de la cultura social, a partir de la interacción novedosa que se está produciendo entre estos elementos en las últimas situaciones de guerra. Y es la evolución de estos atributos en el terreno de las luchas de poder en cada país y región del mundo la que siembra nuevos interrogantes sobre la continuidad del ascenso histórico de China y la consiguiente decadencia terminal de Estados Unidos como bloque imperial.
El coctel de Trump: tecnología militar, hegemonía cultural y sociedad de consumo.
Nuestra hipótesis es que la combinación de superioridad tecnológica-militar, predominio cultural y aceptación social creciente del uso de la fuerza permite a Estados Unidos sostener ventajas estratégicas frente a China y otros competidores. Las operaciones recientes en Venezuela e Irán muestran que aquel puede ejecutar acciones de alta precisión burlando las tecnologías de defensa de Rusia y China, y sin generar resistencias sociales ni corrientes de opinión internacional adversas que resulten, al menos en el corto plazo, significativas. Entre 2020 y 2025 se documentaron más de 15 intervenciones exitosas de los Estados Unidos, lo cual ha incrementado notablemente su poder social. Al mismo tiempo, Estados Unidos mantiene el liderazgo en la exportación de cultura y tecnología del entretenimiento. Hollywood, música, videojuegos, plataformas digitales y educación internacional consolidan el llamado “soft power” (que nunca ha estado radicalmente separado del “hard power”), modulando la percepción global sobre el uso de la fuerza norteamericana.
Pero el capital simbólico central con que cuenta Estados Unidos para su despliegue guerrerista depende menos de su poder actual de difusión global y más de la trama cultural ya consolidada de las sociedades históricas. Estas últimas se han convertido en sociedades de consumo capitalistas crecientemente desiguales, unas avanzadas y otras tardías, pero todas ellas traccionadas por dos procesos en expansión: la mercantilización de la vida (incluyendo en ella a la cultura y los deseos populares), y la invidualización social, debilitando con ello las identidades colectivas politizadas que buscan una transformación estructural. Es por ello que Donald Trump puede permitirse un espectáculo crítico a su gobierno en la Superbowl sin considerarlo una amenaza. Se trata de sociedades que se vuelven nihilistas cuando se frena el consumo o el miedo se expande, incapaces de ver más allá de lo que existe y renunciando a una visión crítica de la existencia social.
Si la población mundial muestra apatía, desconocimiento o identificación parcial con la agresividad del gobierno de Trump, no es porque el Imperio dicta las reglas de funcionamiento de las sociedades de los cinco continentes, sino porque su accionar se monta sobre tendencias sociales de larga duración. Y una de las consecuencias de la transformación simbólica de las sociedades en los términos señalados, es la erosión de las culturas de convivencia social, pacifista y antiimperialista. Esta degradación mayúscula es la que permite no solo reducir la resistencia social frente al uso de la fuerza, sino directamente legitimarla. La baja popularidad de Trump en la actualidad no es un argumento suficiente para refutar la validez de este escenario. También es probable que el genocidio en Gaza termine generando más adelante una reprobación mundial, pero, a día de hoy, los problemas por esa masacre no los tienen ni Trump ni Netanyahu sino Francesca Albanese, la relatora de Naciones Unidas para los territorios palestinos o los jueces de la Corte Penal Internacional que han condenado al presidente de Israel. De la misma manera, la agresión a Irán y la reacción enérgica de este último incrementan la incertidumbre mundial, pero no invalidan el hecho brutal y novedoso del descabezamiento desde arriba de las cúpulas militar, política y religiosa del país persa.
La combinación de factores señalados puede permitir que la militarización actual de Estados Unidos no solo no erosione su poder global, sino que contribuya a la recuperación y consolidación de su potencia económica, recuperando espacios de explotación, protegiendo sectores estratégicos, así como cadenas de valor críticas. Nuestra hipótesis parte de la premisa que la vieja tesis del declive irreversible de Estados Unidos no considera dimensiones esenciales del poder contemporáneo y las interacciones que se producen entre ellas. El modo en que interactúan la ventaja tecnológica en la guerra, la cultura social mundial y la aceptación social de la violencia actúa como multiplicador de la influencia de Estados Unidos. De validarse este enunciado, se trataría de una refutación provisoria de la teoría weberiana del poder, basada en un tipo de legitimidad social que se degradaba a partir de las formas de imposición violenta (a mayor coacción, menor legitimidad). Tampoco hay que perder de vista que el estado actual de inactividad de las masas populares se refuerza por la falta de alternativas políticas de izquierda que las movilice en alguna dirección esperanzadora. A partir de la descripción ofrecida en este punto no estamos asumiendo que la administración Trump no enfrenta problemas de gobernabilidad global a partir las crecientes fricciones con Europa y otros países, y menos aún desconocemos la multiplicidad de movimientos sociales y gobiernos progresistas que actualmente enfrentan a Trump en diferentes rincones del planeta, con epicentro en América Latina. Se trata de ponderar esas potenciales tensiones (que son las que alimentan las tesis del declive) con los datos objetivos del poder norteamericano. El wishful thinking (pensar deseando) siempre ha sido un mal negocio.
¿De qué color se teñirá el futuro mundial?
A la teoría la invalida la realidad. Si las teorías clásicas del cambio social se desacreditaron durante el siglo XX fue porque no se encontraron evidencias para sostener explicaciones basadas en evoluciones lineales. La tesis del declive irreversible de Estados Unidos es una manifestación más de esta lógica de razonamiento del siglo XIX. En la actualidad se vislumbran al menos tres cursos evolutivos probables en relación con el futuro de Estados Unidos (en realidad, los futuros son múltiples y no siempre vislumbrables, sin necesidad de que aparezcan los extraterrestres aludidos por Obama).
El primero de ellos es su declive tendencial a partir de un escenario multipolar consolidado, con potencias medias reclamando su espacio y ámbitos regionales reconstruyéndose. En este escenario, China descollaría en el bloque del Asia-Pacífico. Si el gigante asiático consolida su crecimiento económico, sus procesos de innovación tecnológica y su diplomacia estratégica, mientras Estados Unidos no logra aprovechar sus operaciones bélicas, su superioridad tecnológica ni su predominio cultural, podría producirse una reconfiguración global del poder, limitando la capacidad estadounidense de recomposición. La confrontación de EU con sus tradicionales aliados alimenta este escenario. Aquí el dólar perdería su condición de moneda de reserva mundial, las diferentes regiones y países del mundo buscarían un espacio de mayor seguridad, y las Naciones Unidas podrían reinventarse como una institución democrática con posibilidades de legislar sobre los problemas de inteligencia artificial, crisis medioambiental y comercio internacional, entre otros.
El segundo escenario es la recuperación y eventual ampliación del poder global de Estados Unidos. La combinación de tecnología militar avanzada, predominio cultural y aceptación social de la violencia extrema permitiría mantener e incluso ampliar la influencia estratégica de Estados Unidos, siempre y cuando su agresividad global de nueva generación no pierda eficacia. Este segundo escenario conllevaría la recuperación del poder económico del Imperio norteamericano en detrimento de China y de otras potencias de menor gravitación, apalancado en parte por el incremento de las ganancias por la venta de armas en el mundo y las ventajas en la IA. La realización de este escenario, al menos en su primera década, contemplaría más el uso de la fuerza que la edificación de consensos. La deriva violenta de Estados Unidos incluiría la reproducción de las históricas relaciones de vasallaje con los países bajo su órbita, siendo un ejemplo de esta forma de sometimiento consentido el flamante Shield of the Américas.
El tercer desenlace posible es un empate prolongado entre Estados Unidos y China. Se trataría de la primera “Guerra Fría” del siglo XXI (donde habría que dilucidar la parte “caliente” que ya está desplegada en tantos países). En este escenario ninguna de las potencias logra dominar a la otra; se establece un equilibrio relativo persistente, con fluctuaciones en los ámbitos de la economía, la tecnología y el poder militar, y la determinación de áreas de influencia celosamente custodiadas. El predominio cultural y tecnológico estadounidense podría actuar a la vez como estabilizador y desestabilizador, dependiendo de las circunstancias, evitando que China alcance un superávit decisivo de poder. En este escenario, la existencia de armas nucleares -o similares- obligaría a resucitar los acuerdos que impidieron durante el siglo XX su utilización, ya que en la actualidad su empleo no está absolutamente descartado (los tratados de no proliferación nuclear ya no están vigentes).
Ninguno de estos escenarios permite avizorar como será la vida social en los diferentes países y regiones del planeta. De lo que si estamos seguros es que cualquier curso evolutivo que progrese estará acompañado, en el corto y mediano plazo, de un reescalamiento aún mayor de los enfrentamientos bélicos, lo cual no solo será producto de la radicalización de la competencia entre las potencias históricas y las emergentes, sino también del reajuste de los modos de acumulación a partir de la creciente militarización de las economías nacionales. Es la certeza inquietante del avance de una guerra mundial la que hoy torna urgente profundizar el debate de ideas y la participación en política, creando nuevas organizaciones (partidos-movimientos) que colaboren con la necesaria toma de consciencia de la actual coyuntura y con la instrumentación de alternativas que permitan oxigenar las esperanzas colectivas. Y todo con un objetivo: hacer frente a los oscuros hacedores de este mundo al borde del abismo.